Policial argentino

sábado, 19 de mayo de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 38



  OCHO Y MEDIA DE LA NOCHE
La cena transcurría en silencio. José había desconectado el circuito cerrado al entrar; como era habitual cuando ellos usaban ese comedor privado, nada de lo que allí ocurriera quedaría registrado. Allí se cerraban negocios y se sellaban acuerdos, comida de por medio. Qué se le va a hacer: uno es argentino y los asuntos importantes los resuelve sentado a la mesa,meditó el viejo mientras se servía vino.
Miró a los tres: José se había quedado con los ojos prendidos en la comisario y Dubois, que lo había notado, lo miraba con expresión asesina. Si José la sigue mirando así perdido, Dubois lo degüella. Decidió intervenir porque las miradas se cruzaban como puñales por encima de la mesa.
— Entiendo que no haya tocado el whisky pero ¿tampoco le gusta el vino?— se dirigió a ella, galante, y Dubois y José se envararon en sus sillas, como sorprendidos en algo ilícito — Debería probarlo: los vinos argentinos son famosos, tan buenos como los franceses o los italianos. Y éste está hecho para halagar el paladar de las damas.
— No bebo cuando estoy de servicio— ella respondió mordaz—. Y no soy una dama.
Está rabiosa, mi querida. Ah, pero qué gusto me da verla así, encendida, irradiando toda esa fuerza y esa furia que tanto le cuesta encerrar.
— La memoria tiene caminos extraños. Se parece mucho a una respuesta que escuché hace casi veinticinco años. Me divirtió en aquel entonces; ahora me trae recuerdos.
Los otros hombres lo miraron, sorprendidos. Educadamente, ella apoyó los cubiertos y le prestó atención. No me engaña: si fuera por usted, señora comisario, yo tendría el tenedor clavado en la yugular. Bebió un sorbito de vino y continuó dirigiéndose a ella.
— Como verá, me fascinan las obras de arte. No es vanagloria decir que tengo una colección muy importante de porcelanas europeas en esta casa. Muchas veces pensé en trasladarla a Buenos Aires, donde tengo otra colección de piezas orientales...
Ella se recostó contra el respaldo de la silla sin dejar de mirarlo y sin que una sola nube empañara la máscara indescifrable que era su cara. Los otros dos estaban en guardia, los ojos de José alternándose entre él y Dubois, que hacía lo propio.

—... pero debo admitir que tengo una cierta debilidad por las porcelanas de Capodimonte. Son tan diferentes a los otros estilos, tan reales; pareciera que van a despertarse y bailar o cantar. Es como si el artista lograra encerrar vida en cada estatuilla. En cierta ocasión yo estaba de paso por Nápoles y un empresario milanés insistió en verme. Nos conocíamos desde hacía bastante; su firma hacía negocios con una de mis empresas más antiguas."
“Él ya había tomado contacto con algunos de mis hombres en Milán por un, llamémoslo ‘encargo’, que di orden de rechazar. Aunque hacía muchos años que el hombre no pisaba Nápoles por razones personales, su decisión de hacer el intento de convencerme pudo más que su renuencia y allí nos encontramos."

“Almorzamos sin hablar de la operación y él, sabedor de mi afición a las porcelanas, me invitó a conocer uno de los talleres más famosos, del que era cliente habitual. Debo admitir que su colección llegó a rivalizar con la mía. Él tenía que estar allí alrededor de las tres de la tarde y si yo gustaba, podía acompañarlo y además tendría la oportunidad de explicarme los motivos del encargo que pretendía. Camino del taller de porcelanas, me explicó que no se trataba de hacerle daño a nadie sino simplemente de obligar a una tercera persona a cederle algo que le interesaba. Era algo muy sencillo, un poco de presión psicológica más que otra cosa. Cosas que ocurren a veces entre competidores, explicó. Nada nuevo en el mundo del espionaje industrial, imaginé."

“En el taller no se interesó por nada: parecía estar esperando algo o a alguien. Yo me entretuve en circular por entre las mesas, donde cada artesano trabajaba en su obra. El maestro Antonio Schiavo, Mastr’ Antuono, preparaba una figura especial: una pareja de bailarines. Mastr’Antuono me explicó que era una escena de “Romeo y Julieta” y me mostró los bocetos. Las figuras eran hermosas y la estatuilla terminada prometía ser una pieza única. Se lo dije y él sonrió halagado: los modelos eran sus amigos; había compartido su infancia en Forcella con el hombre de la pareja y hacía la estatuilla para regalárselas. Le pregunté si no estaría dispuesto a venderla y me respondió que no. Insistí y ociosamente hice una oferta casi grosera por una copia, un poco para estudiar la reacción de mi anfitrión. Mastr’Antuono se negó cortesmente, diciéndome que no se harían copias y que la pieza no tenía precio de venta, porque era su regalo para un amigo que lo había ayudado y no se había olvidado de él. Mi anfitrión apenas pudo ocultar una mueca de desprecio. Ah, entonces mi hombre de negocios quiere la pieza única, pensé.
Podía llegar a valer una fortuna porque era de tamaño importante y con un nivel de detalle que dejaba sin aliento. Cada loco con su tema, me dije. Con todo, no terminaba de entender el método que había planeado para conseguir lo que quería."
“Mi anfitrión estaba nervioso cuando se acercó a ver los bocetos. En eso, entró una mocosita de unos catorce años y saludó a todos. Se abrazó con Mastr’Antuono, que protestó porque ella llegaba tarde. Se perdió por el taller y regresó vestida con la túnica y las zapatillas de punta que reproduciría la estatuilla. Era muy parecida a la figura femenina de los bocetos y cuando pregunté, el maestro me dijo que era la hija de los bailarines que servían de modelo. La madre y el padre no podían venir para las tomas de bocetos porque ensayaban, así que la hija, y en ocasiones el hijo, venían a posar. ‘Con la chiquita es más fácil’, me explicó, ‘porque estudia danzas y puede seguir las poses. El hermano es demasiado alto y sólo lo hice venir para los bocetos de la cabeza’."

El viejo se detuvo un segundo a humedecerse los labios con un sorbo de vino, y aprovechó para observar a los hombres: habían dejado de enfrentarse y le prestaban total atención. Ella parecía detenida en un instante en el tiempo, pálida y fría, los labios apenas entreabiertos, los ojos brillantes de miedo. Ya sabe de qué estoy hablando, mi querida...El viejo continuó con el relato.
— Ella era tan especial como las porcelanas que se hacían en ese taller; tenía algo que hacía volver la cabeza. Mientras se subía al estrado no dejaba de moverse, de reírse y charlar con los otros artesanos y con el maestro, que afectuosamente la reprendía para que se quedara quieta. Hablaban en dialecto y ella rebatía cada argumento con un retintín gracioso. Uno de los artesanos jóvenes se acercó con el boceto y le pidió que reprodujera la pose; sin dejar de protestar, ella se empinó graciosamente sobre un pie. Después de unos segundos descansó y volvió a posar, diciéndole al artesano que se apurara con el boceto porque ella no podía flotar en el aire para que él dibujara al suo porco comodo . Alguien la reprendió por el vocabulario poco adecuado para una señorita, y con un encogimiento de hombros y un desparpajo que hizo reír a todos, ella respondió que no habría problemas porque no era una señorita.

“Mi anfitrión se acercó al pie del estrado: ‘Puedo sostenerte para que no abandones la pose’, le dijo mientras la tomaba de la mano. Ella reparó en él por primera vez, agradeció el apoyo improvisado y volvió a extenderse en un arabesque etéreo. Los hombres más jóvenes bromearon y se ofrecieron para servir de soporte, y ella los espantó frunciendo la nariz.
“La túnica y la pose la habían transformado en algo menudo, delicado, tan frágil como las porcelanas que la rodeaban; la manita en la mano de mi anfitrión se veía desvalidamente pequeña. Si quisiera, él podría cargarla y llevársela bajo el brazo, pensé. Jugaba con la idea cuando comprendí, sorprendido y no poco, que el objeto del ‘encargo’ de mi anfitrión estaba ahí delante de mis ojos. Inocente de mí que había creído que se interesaba en conseguir la obra de arte: él deseaba a la modelo con una desesperación que le oscurecía el semblante y la mirada.
‘Te pareces mucho a tu madre, Cisne’, murmuró él. Sin perder el equilibrio, ella le sonrió, y en un italiano perfectamente educado, le preguntó si se conocían. ‘Todavía no’, él respondió y cuando ella bajó el otro brazo para descansar, él le tomó también la otra mano y la hizo sentar a su lado. Me sorprendió que un hombre de casi mi misma edad pudiera estar allí por una chiquilina; era insano, absurdo.
Alguien más comprendió lo que pasaba porque se acercó a decir algo al oído del maestro y éste desvió la vista de sus bocetos hacia el hombre. De inmediato Mastr'Antuono hizo una seña y uno de los aprendices salió del taller. Algo había pasado porque los demás bajaron la voz. Yo me sentí espectador de un drama que desconocía.
Ella volvió a posar y mi anfitrión la sostenía con fuerza mientras hablaba con ella. Estaba tremendamente pálido, transfigurado. Ella no parecía darse cuenta de nada y respondía a las preguntas del hombre con total despreocupación, mientras él le acomodaba la seda de la túnica sobre la pierna en el aire. Creo que le temblaban las manos.
“Un hombre entró al taller. Al verlo, comprendí que era el modelo masculino de Mastr’Antuono. Hubo murmullos de saludo pero él no los devolvió; miró severo a la chica y le ordenó que fuera a cambiarse de ropa. Ella lo miró sorprendida y protestó porque acababa de llegar, pero él restalló:’ Vai, bambina! Subito!’ ; ella bajó de un salto del estrado y salió corriendo.
“El hombre se volvió hacia mi anfitrión. Todo el taller hizo silencio. ‘Si vuelvo a verte cerca de mi mujer o de mi hija, te mato’, le dijo y se besó la mano derecha con el pulgar cruzado sobre el resto de los dedos. Nadie en ese instante y en ese lugar hubiera dudado de semejante juramento, se los puedo asegurar, pero mi anfitrión exhibió una sonrisa cínica y murmuró: ‘Puedo arruinarte la carrera’ y dio medio paso adelante. Los hombres del taller se pusieron de pie. La hoja de una navaja relampagueó en la mano del padre. '¡Te mato!', rugió. Mastr'Antuono lo contuvo sujetándole los brazos un instante antes de que saltara encima de mi anfitrión. 'Nun fa' roba e'pazzi, guaglione! Chisto nun ne torna cchiù 'ca!' 'No hagas locuras, muchacho: éste aquí no viene más', y lo obligó a guardar la navaja. En ese momento la chica volvió cambiada de ropa; miró a los hombres y bajó los ojos, todavía con las mejillas rojas. Su padre la tomó por los hombros, saludó a Mastr’Antuono y a los demás y se fueron.
“Mi anfitrión temblaba de furia mal contenida. Salimos del taller sin hablar y no volvió a mencionar el tema que lo había traído a Nápoles. Ni siquiera se molestó en formular la invitación a cenar que yo de cualquier modo, hubiera rechazado.
Esa noche fui al teatro: con buenas propinas siempre se consiguen localidades. Nunca me interesó demasiado el ballet y menos todavía ‘Romeo y Julieta’: prefiero la ópera, pero sentía curiosidad. Cuando vi a los protagonistas comprendí muchas cosas. Busqué con los gemelos y encontré a mi hombre en uno de los palcos, solo, mirando obsesionado el escenario.”

Se quedó callado, observándola con placer casi perverso. Los ojos oscuros ya no podían contener la tormenta. Los hombres estaban conmovidos por la historia. Et maintenant, le coup de grâce , pensó irónico.
— No le dije el nombre de mi anfitrión de esa tarde, señora: Marcello Contardi.
El rostro de cera casi no tenía señales de vida cuando dos lágrimas como diamantes lo recorrieron y se estrellaron sobre el mantel que amortajaba la mesa. Dubois estaba pálido, clavado rígidamente en su silla y José había llevado la mano hasta la cartuchera, preparado para disparar.

****
El viejo esperó la reacción de Dubois lo mismo que una fiera agazapada en su cubil. ¿Y ahora, qué hará? ¿Me saltará al cuello? ¿Me insultará? Sentía una curiosidad casi insana por descubrir las facetas de la furia del otro. Pero Dubois no estaba dispuesto a jugar su juego, al menos por ahora.
— Es la última persona en el mundo a quien pensé que tendría que agradecerle algo alguna vez— Dubois echó hacia adelante el mentón, altivo—. Nobleza obliga. Estoy en deuda con Ud.
Sintió que la satisfacción se le escapaba como el agua entre los dedos; el dudoso placer que había sentido mientras contaba su historia desapareció. Se sostuvieron la mirada y él se rindió primero. Noblesse oblige.
— Seamos aliados por una noche, entonces— recostó la cabeza leonina contra el alto respaldo de la silla— Devuélvame el favor y tráigame a Fernandito sano y salvo.
Dubois levantó la copa de vino y paladeó cada sorbo antes de hablar.
— Hay mucho que hacer. Pongámonos a trabajar.

lunes, 9 de abril de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 37


Siete y media de la tarde

La puerta se abrió y el oficial la recorrió con media sonrisita aprobadora. Como si fuera un caballo de carrera... Le hubiera borrado la sonrisita de un cachetazo al idiota cuando se dio cuenta de lo obvio. ¡Carajo! ¿Estaban espiándome? ¿Dónde...? Buscó con la mirada: la cámara estaba disimulada en el artefacto de iluminación del baño. Sobre la puerta de entrada había otra. Cerdos, más que cerdos. ¡Les cortaría las pelotas!
—El coronel Ortiz está esperando— la urgió el hombre.
— Dígame, oficial, ¿cómo se llama?
— Rinaldi. Teniente primero Rinaldi— casi se cuadró de hombros.
— Bien, teniente primero Rinaldi— deletreó—, Ud. y su coronel Ortiz se pueden ir a la mierda.
El hombre desvió la mirada y se apartó para dejarla pasar. 

Subieron dos tramos de escalera iluminada a medias, dejando atrás descansos y puertas cerradas. Desembocaron en un corredor secundario y finalmente, a la entrada principal.
La mansión era espléndida, con el esplendor de la belle epoque todavía vivo entre las paredes. El lujo no era nuevo allí. Todo era exquisito y tenía esa pátina de tiempo que no envejece sino ennoblece a una casa y al mobiliario. La escalera por donde habían subido hasta la habitación adonde acababan de entrar era de mármol de Carrara, cubierta con alfombras tejidas a mano.
La doble puerta, una joya de ebanistería con picaportes bañados en oro, tenía su correspondiente gemela en el otro extremo, sobre el ancho de la habitación. Las paredes estaban cubiertas de vitrinas repletas de libros, estatuillas y pequeños objetos de arte. El despliegue de riqueza no era casual ni grosero: era de una exquisitez sobriamente masculina, que  halagaba los sentidos.
— El coronel vendrá enseguida. Siéntese— y agregó sin entonación—,  por favor.
A tus órdenes, pendejo, seguro que sí. Se acercó a la puerta a escuchar: el oficial había salido pero sus pasos no se alejaron: está de guardia ahí afuera.
— ¿Todavía no le ofrecieron café?
Viró en redondo al escuchar la voz. Ortiz había entrado por el lado opuesto sin hacer ruido; se acercó a una mesita rodante y sirvió café para ambos en unas tacitas de porcelana etérea y nacarada.
— Sé que prefiere el café. Yo también.
La taza le tintineó al tomarla y Odette comprendió que temblaba de hambre. Mejor que me siente o derramo todo el café antes de tomármelo. No quería darle al tipo el gusto de pedirle azúcar. Gracias al cielo, el café estaba lo suficientemente dulce. Trató de no bebérselo demasiado rápido. 
Dios, necesito otro. Necesito por lo menos un litro. Café espresso recién hecho, una bendición en medio de esa locura
Cuánto personal a disposición: tres hombres para ir a buscarme, sin contar a los de la Trafic; más los que se divirtieron masacrándome había cuatro voces diferentes—; más los que secuestraron a Marcel; más los del centro de cómputos, más alguien en las cocinas preparando café, indiferente a los horrores que pasan en el resto de la casa. Y un ejército para mantener esta mansión limpia y en condiciones.
Se tomó el tiempo del café para observar al tipo. Realmente militar, no sólo por cómo llevaba el uniforme sino por la forma de moverse, de pararse, de dar órdenes. Alto, uno ochenta y cinco, ¿quizás algo menos? Piel cetrina, de ese color de madera del indígena americano. El rostro parecía una talla, cada rasgo un golpe de cincel: pómulos altos y fuertes, nariz afilada ligeramente aguileña, ojos negros de tan cafés. La boca era fina y firme, con surcos nasolabiales muy marcados, lo mismo que las profundas líneas de la frente. Atractivo en su particular estilo. No era joven pero no tenía un solo cabello blanco en la melena corta y espesa. Él también la observaba atentamente. Nos estamos midiendo.








Ortiz tomó asiento en el sillón frente a ella.
— No era en absoluto mi intención que esto pasara. Jamás di órdenes de que la trataran en esta forma ni...
— Parece que sus hombres están muy acostumbrados a esas órdenes lo interrumpió ácida—. Le aseguro que me “aplicaron el tratamiento”  a conciencia— agregó en un castellano mordaz.
— No espero que me crea, pero no soy partidario de ninguna clase de “tratamiento”.
— No me invitó tan gentilmente para discutir sus cualidades como anfitrión.
Él se levantó para dejar la taza en la mesita. Se acercó, manteniendo una respetuosa distancia, tomó su taza vacía y la llevó a la misma mesa. Volvió a sentarse frente a ella.
— Soy el coronel José Elías Ortiz, jefe de Inteligencia Central de la Orden del Temple— se presentó—, y si le pedimos que viniera hasta aquí...
— ¿Me pidieron?—  Odette levantó una ceja—. Que recuerde, no me dejaron opción...
— Está bien— contemporizó él, si la trajimos hasta aquí, ¿mejor así?, es porque necesitamos algo de Ud...
— Quiero hablar con el que envió la nota.
— Ud. está aquí por Dubois. Si Dubois colabora y hace lo necesario...
¿Este cretino me toma por estúpida o cree que me olvidé del “tratamiento” ?
 — No me importa lo que haya que hacer. La nota que recibí hablaba de un trato. No la escribió Ud. Quiero ver al que lo hizo.
— ¿Por qué?— el hombre preguntó, extrañado.
Ella se puso de pie mientras le respondía y la convicción de lo que iba a hacer le dio un escalofrío.
— Porque es el que toma las decisiones. No tengo nada que discutir con Ud.
Él se quedó callado, evaluando sus palabras. Las aletas de la nariz se le dilataron y al recorrerla con la mirada se le iluminaron los ojos sombríos.
— Tiene coraje...— dijo en una media voz inquietante—. Otra mujer estaría aterrorizada. Otro hombre lo estaría. Se atreve a decirme lo que tengo que hacer... Con quién quiere negociar... No está en situación de imponer condiciones— sonrió apenas, pero la complacencia suavizó el rostro severo. 
¿Te encontraste con una oponente digna, coronel?
— Está equivocado. Si se tomaron tanto trabajo para secuestrar a Dubois y después a mí, para que él  haga algo que, según Ud., sólo él puede hacer siempre y cuando yo logre convencerlo, entonces valgo más viva que muerta. Pero si cruzo sola la puerta por la que entré, no tengo dudas de que alguien se encargará de que no salga viva de esta casa.
Rodeó el sofá y retrocedió hasta la puerta. El hombre la miró asombrado.
— Esas son mis condiciones: Dubois y el número uno o salgo y me matan, y se le acaban los elementos de presión con Dubois.
Estiró la mano hacia atrás y tomó el picaporte. Sabía que él estaba calculando si llegaría a detenerla antes que saliera. Bajó el picaporte y comenzó a abrir la puerta.
— ¡NO!— gritó Ortiz—. Está bien: Ud. gana. Por ahora— los ojos negros le brillaban de furia por haber perdido la partida.
No era lo que tenías pensado. Todo el poder que tenía ese hombre se estaba estrellando contra su determinación de hacerse matar. La diminuta victoria le dio ánimos.
Antes  de que volvieran a hablar, la otra puerta doble de la biblioteca se abrió. Ahí estás, hijo de puta.

Ocho de la noche


El viejo se acercó con ese paso algo lento pero firme, que ella recordaba de aquel cruce en el Palais d’ Elysée. Ni una vacilación. El bastón de caña con empuñadura de marfil le servía más de adorno que de apoyo. Apenas encorvado, superaba la altura de Ortiz. O quizás era la melena blanca y leonina la que lo hacía aparecer más alto de lo que era. Los ojos azules muy claros, casi como el agua. Los ojos. El corte de la cara. ¿A quién me recuerda?
— Le dije, José, que no sería fácil convencerla— el viejo soltó una  risita mordaz, la saludó con una inclinación de cabeza y  con el bastón señaló la puerta por donde había entrado—. Es una buena hora para comer. No me gusta hablar con el estómago vacío y creo que nuestra huésped opina lo mismo.
— No sin Dubois— exigió ella.
— Que lo traigan— ordenó displicente, al tiempo que regresaba por la puerta por la que había venido.
Ortiz tomó un teléfono y ladró un par de frases. Prendida de la figura del viejo, no notó que Ortiz se le acercaba hasta que la tomó por el codo con firmeza; señalando la puerta, la obligó a caminar.
— ¿Realmente pensaba abrir la puerta y salir?— murmuró entre dientes mientras la llevaba a la otra habitación.
Ella no respondió ni lo miró.
— Estaba bluffeando— la mano en su brazo apretó con fuerza contenida y la hizo detenerse por el lapso de un paso—. Debe ser muy buena en el póker.
El comedor aguardaba silencioso y tan espléndido como el resto de la casa. El coronel se quedó a sus espaldas. Está intimidándome. Ambos hombres la observaban mudos, descarnándola hasta los huesos. No podría decir quién de los dos la inquietaba más; si el viejo, agazapado detrás de la mirada de hielo; o el otro, una amenaza tangible y palpitante. Consciente de su propia fragilidad, se forzó a concentrarse en la puerta por la que entraría Marcel.
Después de unos minutos que le parecieron una eternidad, dos hombres armados entraron escoltando a Marcel, que traía las manos esposadas a la espalda. Un trazo enrojecido y fino como un pelo le cruzaba la mejilla derecha recién afeitada. Buscó más señales de violencia física pero lo único que descubrió fue la mirada obnubilada de Marcel, que no reaccionó al contacto visual. El pánico le dio una punzada en las entrañas. Es como si no estuviera ahí.
— Como verá, siempre cumplimos lo que prometemos— el viejo mostró los dientes en una sonrisita de lobo. 
Ortiz le ordenó a los uniformados que se retiraran. Los hombres le quitaron las esposas a Marcel y salieron en silencio.
Ella miró a los otros dos y miró a Marcel, que continuaba ligeramente extraviado. El miedo amenazaba con volcarle el estómago, pero lo estudió lo más analíticamente que pudo. Tiene las pupilas muy dilatadas. Definitivamente, Marcel estaba bajo los efectos de alguna porquería que le agitaba la respiración; las manos le temblaban mientras abría y cerraba los puños. 
Lo drogaron... Recorrió atropellada los nombres y efectos de cuanta mierda recordaba del nomenclador de drogas peligrosas. Alucinógenos, anfetaminas, efedrina; un cóctel mortal de todo eso junto... Dio un paso adelante y un apretón brusco en el brazo la hizo desistir.
Marcel pareció verla por primera vez, pero la mirada que le dedicó estaba despojada de cualquier sentimiento humano. Un flashback la mareó. “Mátela, Maurizio, es una orden”, y Marcel tenía la misma mirada vacía mientras levantaba el arma.
— ¿Qué le pasa? ¿Qué le hicieron?— susurró.
Ortiz respondió a sus espaldas.
— Recordarle lo que es. Una vez logrado, el condicionamiento de la Orden siempre funciona. Aunque personalmente no esté de acuerdo con ciertas metodologías, debo admitir que Hamad hizo un trabajo impecable con Dubois. O debería decir De Biassi.
Odette sintió la tierra moverse bajo sus pies mientras Ortiz continuaba con expresión indefinible.
— Un asesino profesional con placa de oficial de policía. El arma perfecta.

****

Ortiz cerró las puertas y operaba un tablero disimulado entre las molduras de la pared, cuando Marcel le cayó encima de un salto, lo golpeó y lo desarmó.
— Este asesino profesional está listo para matar, coronel. ¿Quién podría impedirmelo ahora? Ni siquiera necesito un arma— Marcel apretó el brazo alrededor del cuello del coronel y le hundió la pistola en la garganta—. No sabe lo bien que Hamad me entrenó. 
— No pueden ir a ninguna parte. Si salen de esta habitación, son cadáveres— jadeó Ortiz.
— No pienso irme solo: ustedes vienen conmigo.
— No haga estupideces, Dubois. Mis hombres no tienen su excelencia pero tienen buena puntería. No puede cubrir todos los flancos.
— Vale la pena intentarlo. ¡Muévase!— ladró Marcel, tironeando del coronel.
— No entendió, Dubois— terció el viejo desde su silla—. La orden es de dispararle a ella, no a usted— hizo una pausa de efecto—. Usted lograría confundir a nuestra gente el tiempo suficiente para salir, pero la comisario no tiene oportunidad  y usted lo sabe: no hay mujeres en la Orden. Ella tuvo suerte: se salvó de Prévost y de usted— Marcel tuvo un  sobresalto y el viejo continuó con regocijo sombrío—, pero creo que su buena estrella se acabó esta noche. Haga lo que le pido y se van; trate de evitarlo y la matan.
Hubo un silencio asfixiante. Condenado viejo de mierda, lo tenías todo calculado. Ahora entendía la sofisticación y la femineidad de la ropa que le habían traído: si la hubieran hecho vestir de rojo habría sido lo mismo. El viejo sonreía con tal malignidad que la hizo retroceder un paso completo.
— Está dudando, Dubois y ese es un punto a nuestro favor. La vida de un rehén vale mucho, ¿verdad?, sobre todo si ese rehén es un compañero. En cierto sentido, Ud. es mejor de lo que yo esperaba, aunque una vacilación semejante no sea la ideal en un miembro de la Orden. Quizás sea esa parte de su conciencia que conserva una ética diferente de la nuestra. De cualquier manera necesitamos de sus servicios. Negociemos, le estoy ofreciendo un trato razonable— insistió —. Hace el trabajo para nosotros y se va con ella viva. Insista en la negativa y también se irá, con un cadáver difícil de justificar. Una auténtica mancha en su expediente de la PN. ¿Quién le creerá cuando lo encuentren con el cuerpo de la mujer que además de ser su superior es su amante, y que lo descubrió acostándose con otras mujeres por media Europa? La comisario estaba tan desquiciada que le mostró las fotografías a un subordinado y a su superior. Y usted tiene antecedentes de violencia física con ella, ¿cierto? Está concurriendo a terapia por ese motivo. En un juicio, lo mismo que para IGPN, toda esa evidencia pesaría demasiado.
Odette enrojeció de furor. ¡Hijos de puta, para eso querían las putas fotos de mierda! Marcel respiraba con fuerza y la mano que sostenía el arma vaciló.
¿Qué mierda quieren?— farfulló Marcel sin soltar a Ortiz.
— Secuestraron al hijo de José en Buenos Aires y lo trajeron a Francia.  Encuéntrelo y tráigalo,  y a los que se lo llevaron— no era una explicación: era una orden de alguien muy habituado a darlas.
— ¿Y los secuestradores lo trajeron lejos de donde los familiares pueden pagar el rescate? ¡Cuéntele su historia a otro!— rugió Marcel y empujó al coronel con el arma.
— No es sólo el dineroOrtiz respondió—. También quieren... otras cosas. No puedo permitirlo.
— ¿Y qué es esa “otra cosa” tanto más importante que su propio hijo?
— Archivos. Quieren... los registros de la Orden.
— ¿Cuáles?— Marcel exigió— ¿Los entrenados? ¿Registros bancarios? ¿Clientes?
— Datos de gente a la que ayudamos a... digamos,  reubicarse después de la Segunda Guerra— el viejo respondió por Ortiz.
—  ¿El MOSSAD se les metió en casa?— Marcel no ahorró en sorna.
— Eso parece.
— ¿Y eso es lo que le exigen? ¿Registros de hombres que seguramente ya estén muertos? ¡Vamos! ¡Es a Ud. a quien quieren! — restalló Odette señalando al viejo con el mentón.
Chapeau (1) , comisario— el viejo soltó una risita sarcástica.
Entonces no necesita a Dubois— replicó ella, sin contenerse—. Los parientes de sus amigos SS le deben unos cuantos favores: ¡pídaselo a ellos!
 Dubois es mejor— el viejo sonrió y la expresión de lobo le llegó a los ojos fríos—. Y yo sólo quiero lo mejor. Siempre. No quiero a nadie más para rescatar a Fernandito.
Fernandito... ¿por qué el diminutivo?
— ¿Qué edad tiene Fernandito?— preguntó ella antes de darse cuenta de que lo hacía.
— Seis años— Ortiz respondió antes que el viejo.
Jaque mate, comisario, hay un crío inocente de por medio. La sensación de impotencia tomó entidad palpable y le oprimió la garganta, ahogándole las protestas. Cerró los ojos y se tragó los insultos. Cuando los abrió, Marcel había bajado el arma.

****

— Aceptamos o morimos. ¿O hay una tercera opción?— Marcel escupió entre dientes.
— Una de las cosas que más me agradan de usted, Dubois, es que nunca se engaña respecto de una situación— respondió el viejo, filoso como una navaja.
Marcel alejó a Ortiz de un empujón y tiró la pistola con rabia sobre la mesa. El coronel la tomó al vuelo y la metió en la cartuchera mientras giraba para enfrentársele. Se iban a las manos cuando el viejo intervino.
— José, nuestros invitados comprendieron la situación. Sentémonos a hablar de lo que hay que hacer... Y considérenlo un acto de servicio. Ahora, compórtense todos y siéntense a la mesa— los amonestó como a colegiales.
Viejo de mierda, porqué no te vas a reprender a tu... Marcel se guardó los pensamientos altamente escatológicos acerca del geronte.  
— Está bien, tatitamurmuró Ortiz y se dirigió a ellos—.Siéntense, por favor.
Odette y él ocuparon sendos lados de la mesa. Ortiz volvió con una botella de whisky y cuatro vasos de cristal exquisito. Sin preguntarles, sirvió generosas medidas para todos y se sentó a beberse la suya con expresión reconcentrada. Luego comenzó a hablar.
— Se llevaron a Fernandito de la puerta de mi casa. Atacaron a la niñera y mataron a los guardaespaldas. El resto del personal estaba aterrorizado por el tiroteo— Ortiz terminó su whisky de un trago—. Lo sacaron del país con documentación falsa, en un vuelo de línea, y hubo una mujer entre ellos para simular que viajaba con ambos padres porque de otra forma deberían haber tenido un poder autorizando la salida del país.
El coronel hizo silencio sin mirar a nadie y después de una vacilación, se sirvió otro whisky tan generoso como el primero. Los ojos del hombre asomados por el borde del vaso, recorrieron la silueta femenina, se apartaron y volvieron. Marcel lanzó una ojeada hacia Odette, que escuchaba con la cabeza gacha, pálida e inmóvil, y el recuerdo de las proyecciones le estrujó las entrañas. No te saca los ojos de encima. Le cortaría la garganta nada más que para darme el gusto de verlo desangrarse como un marrano. Se tomó el whisky que no había pedido pero que ahora necesitaba. Nos tienen agarrados de las pelotas.
— ¿Qué pasa con nosotros si logro traer a su hijo de regreso?— preguntó Marcel. La otra parte de la pregunta era ociosa: si no lo consigo, caput. Sourire kabyle (2)
— Se van— respondió Ortiz en tono neutro.
— ¿Así de sencillo?— insistió sarcástico.
— Ese es el trato el viejo intervino—. Ella ya lo sabe.
Odette le lanzó al viejo una mirada rabiosa y bajó la vista. Marcel no se perdió el gesto. ¿Un trato? ¿Entonces lo que dijo aquel hijo de puta es cierto? ¿Te vendiste a este Ortiz creyendo que serviría de algo? ¡Estúpida! Nos van a matar a los dos. El pulso de violencia le aceleró los latidos.
— Se lo repito: pienso cumplir con mi palabra— insistió el viejo—. Siempre la cumplo.
Marcel estaba a punto de abrir la boca para emitir su pobre opinión acerca de la palabra del viejo de mierda, cuando unos golpecitos discretos a la puerta le ahorraron la molestia: la comida acababa de llegar. 


(1) Felicitaciones
(2) (El gesto de cortar la garganta)

sábado, 31 de marzo de 2012

La manoo derecha del diablo - CAPITULO 36



CUATRO DE LA TARDE
Gritos y pasos a la carrera. Alguien aulló una orden y la soltaron. Comenzaron a ladrar en otro idioma. El que gritaba enfurecido era extranjero, pero evidentemente tenía el rango suficiente para mandar y que le obedecieran. Pisadas recias. Más voces. En medio del griterío escuchó el “Dubois”, seguido de una catarata de instrucciones. Un grupo se alejó apresurado. El recién llegado continuaba dando órdenes secas, esta vez también en francés; podía sentir la presencia del hombre a menos de un metro de distancia. Se agachó junto a ella, que continuaba de rodillas y ella percibió los restos de perfume mezclados con tabaco rubio y transpiración reciente. Olor a hombre limpio: el pasajero habitual de la limusina, porque era su perfume el que había impregnado el vehículo.
— ¿Puede ponerse de pie? — preguntó en un francés perfecto y sin rastros de acento.
Odette no tenía aliento para responder y sacudió la cabeza. Él la ayudó a incorporarse. Súbitamente recordó que ese tipo gentil y perfumado era uno más de entre los hijos de puta de ese antro. Con más precisión, el que daba las órdenes. Retrocedió varios pasos, tropezó y cayó. Un terror irracional la invadió al sentir que la tomaban por los hombros.
— ¡No!
—Tranquilícese— dijo —, no quiero hacerle daño. Voy a quitarle esa venda y las esposas.
La venda cayó y la luz tenue de la habitación la deslumbró. Después de soltarle las manos, el hombre la hizo girar hacia él y le examinó las muñecas. Ella trató de impedirlo y trastabilló, mareada. El hombre tuvo que sostenerla.
— No quiero lastimarla, créame— repitió él. La soltó con suavidad y desvió la mirada del vestido hecho jirones.
Ella se cubrió como pudo y enfocó la visión: la habitación era una sala amplia y de techos bajos. Una puerta entreabierta mostraba una escalera ascendente. Pantallas de video ocupaban casi todas las mesas disponibles. Dos hombres jóvenes en uniforme negro y armados esperaban de pie junto a la puerta. Tres operadores, también de uniforme, permanecían en sus asientos, mudos e inexpresivos.
Uno de los uniformados armados se acercó a ellos, llamando “coronel Ortiz” al hombre junto a ella. Éste se volvió y el subalterno le habló en voz baja. El tal Ortiz pidió una silla y la hizo sentar. Luego, se acercó a una pantalla. El operador tecleó nervioso, equivocándose en dos ocasiones. Ortiz desvió la mirada hacia ella varias veces. Se puso a temblar sin poder contenerse: Dios santo, voy a caerme de la silla. Abrió los ojos con dificultad y el hombre estaba delante de ella.
— Venga conmigo. Éste no es sitio para hablar.
Quería decirle que no podía pararse pero no tenía voz. Abrió la boca dos o tres veces y se desmayó.

****

Recuperó el sentido en una habitación pequeña mal iluminada por un artefacto barato, sin llaves de luz ni picaporte o cerraduras a la vista. Una celda. Habían tenido la gentileza de dejarla sobre un catre sin sábanas y le habían quitado los zapatos. Un hombre joven y de rasgos armoniosos, alto, de cabello oscuro y la piel con el bronceado que da el ejercicio al aire libre; el mismo que había hablado con Ortiz, esperaba junto a la puerta. Hablaba un francés de extranjero, sin inflexiones ni guturalidades.
— Tiene un baño a su disposición. Si me permite su ropa, le conseguiremos algo limpio.
— ¿Quiere que me desvista?— tartamudeó.
El hombre señaló un ángulo de la habitación que ella todavía no había visto.
— Por favor. El coronel Ortiz lamenta esta situación terrible. En el baño hay toallas y... shampú— lo dijo como si le ofreciera un objeto obsceno—. Deje toda su ropa. También la interior. Voy a esperar afuera— el hombre dio media vuelta marcial.
— ¡Espere!— lo llamó y el hombre se volvió a medias—. ¿Qué... qué hora es? ¿Qué día... cu-cuando...?
— Son las cinco de la tarde del sábado— salió y cerró la puerta y se escuchó correr una traba.
Bien, sigo siendo botín de guerra. Obedeció la orden: ¿acaso era otra cosa? Se desnudó temblando de asco. Se sentía inmensamente sucia y degradada y no le quedaba un lugar en el cuerpo que no recordara el suplicio de esas horas.
Abría la ducha cuando oyó pasos masculinos en la habitación y el terror la paralizó. Contuvo el aire hasta que la puerta volvió a abrirse y cerrarse, y la traba corrió. Reunió coraje para asomarse a espiar: se habían llevado toda su ropa. Mi Dios, me dejaron desnuda...
Se metió temblando bajo la ducha y se puso a llorar, al principio contenida y después a los gritos, mientras el agua le arrastraba las inmundicias del cuerpo pero no del alma. Cuando se calmó, empuñó el jabón como un arma y se lavó con desesperación. El inquilino precedente había olvidado una afeitadora descartable y la fuerza de la costumbre la hizo rasurarse las axilas. Lo hacía desde que se acordaba, en la escuela de danzas y para imitar a mamá que también se depilaba axilas y piernas aunque no tuviera función. Sus compañeras del liceo y de la universidad pensaban que era rara porque se depilaba. La parte de su cerebro que había recuperado la capacidad de raciocinio, reconoció la sintomatología del pánico en sus divagaciones.
Le temblaban las piernas y tuvo que sentarse en el inodoro para cerrar los grifos. Mejor salgo antes de desmayarme, pensó sin detenerse a averiguar si era por el exceso de vapor o por el miedo que no cedía.
El espejo le devolvió una imagen bastante devaluada de sí misma. Se peinó con los dedos tratando de recuperar algo de la gloria perdida. Un momento aún, señor verdugo. Si María Antonieta lo dijo, yo también. Quiero verme digna cuando me ejecuten. Se envolvió en las toallas y se sentó en el catre con la firme decisión de no despegar los ojos de la puerta. ¿Y ahora?

****

El roce en el hombro la hizo saltar como un resorte y descubrió que las toallas se habían salido de su sitio. Carajo, ¿me dormí? Se cubrió como pudo, sin mirar al que había entrado.
— Le traje ropa— el mismo hombre joven de antes señaló una bolsa grande.
— ¿Me quedé dormida?— preguntó. La afirmación silenciosa la dejó atónita— ¿Cuánto?
— Casi dos horas. Vístase. El coronel la espera.
Salió y cerró tras de sí, y ella saltó de la cama reuniendo fuerzas para odiarlos a todos.
La calidad y el corte del sencillo vestido de cashmere eran simplemente soberbios y totalmente inadecuados para el lugar y las circunstancias: estaba hecho para destacar cada contorno y envolver las piernas en una caricia que la obligaría a un andar felino. Buscó la etiqueta sabiendo que leería Armani. La ropa interior de encaje ostentaba la caligrafía melosa de Victoria’s Secret, lo mismo que las medias. Los zapatos eran perfectos en diseño y altura: Ferragamo.
Se sintió insultada. No podría pagar ni los calzones con mi sueldo. En la bolsa de los zapatos había una encantadora cajita de maquillaje.
Pero qué corteses: me secuestran, me torturan, casi me matan y después, servicio de hotel cinco estrellas.
En un impulso rabioso, aplastó la cajita encantadora contra el espejo manchado del baño. “Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta”, gritó mientras convertía el espejo en añicos. Una astilla le lastimó la mano y tuvo que llevársela a la boca para detener la sangre. Basuras, escorias, ¿qué mierda pretenden? “Tratamiento”, por supuesto. Mejor que Pavlov y el Viejo de la Montaña juntos. Premios y castigos; cajita encantadora y Armani o calabozo y ruleta rusa. “¿Qué prefiere, comisario? ¿Un terrón de azúcar o el látigo?”
Rescató la caja del lavatorio lleno de vidrios: estaba sana. La abrió y se miró en el espejito. Hagámosle creer a estos cerdos que estás dispuesta a comerte sus terrones de azúcar.

SEIS DE LA TARDE
José había regresado de muy mal humor a la sala de monitoreo, a presenciar los interrogatorios. Pobre tipa, la hicieron mierda. Odiaba admitir que no se había preocupado por el modo en que se ejecutaban sus órdenes. Parece que los viejos métodos no son fáciles de desterrar.
Paseaba la mirada distraída por los monitores mientras atendía a medias las respuestas de los hombres que ‘Etchegoyen’ había destacado para la misión, y la imagen lo sorprendió: la hembra bajo la ducha no era la pobre desgraciada que habían tirado en un catre. Miró la pantalla con disimulo hasta que alguien lo llamó, y se descubrió torpe y apresurado al cambiar de ventana. ¿Qué carajo hacés, José, espiás mujeres como un colimba? Disgustado consigo mismo, puso atención al grupo mal predispuesto que reportaba a regañadientes. Nada más falta que digan que se limitaron a cumplir órdenes.
Se enfocó en lo urgente: la situación podía empeorar en cualquier momento. Le dio la espalda al grupo con la espantosa convicción de que en ese preciso momento, entre esos tipos estaban los que tratarían de apuñalarlo por la espalda. Pisaba a ciegas sobre arenas movedizas y debía continuar avanzando. ¿Cuándo lanzarían el operativo? ¿Con cuántos hombres? ¿Cuántos de los que él creía de su lado responderían como tales? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Estaba comenzando a arrepentirse de haber traído al tatita. Estamos corriendo un riesgo muy grande. Si fallo, la Orden queda decapitada. El pensamiento le arrasó la boca.
Casi dos horas después, había salido de la sala de control a preguntar por ‘Etchegoyen’, pero éste no había regresado desde la mañana temprano. Desde su suite en el segundo piso llamó por el celular, pero ‘Etchegoyen’ tenía el suyo apagado. Carajo, justo ahora... La pantalla de la laptop saltaba ordenadamente por todo el circuito cerrado y le dedicó una ojeada distraída: mostraba la celda de ella, pero ella yacía desmadejada en el catre con las toallas desparramadas a su alrededor, un brazo por encima de la cabeza y el otro cubriéndole los ojos. Algo se le escurrió entre los otros pensamientos cuando la cámara hizo el zoom programado, y se acercó a mirar, jurándose a sí mismo que no era simple voyeurismo. ¿Qué es ...? Algo le dio la alerta y dejó la mente en blanco mientras miraba sin ver el cuerpo desnudo de axilas depiladas. El recuerdo llegó con una nitidez lacerante. No puede ser... Buscó el CD que había traído de Buenos Aires y lo cargó. ¿Estoy loco o las dos son...?
Adelantó el video hasta el acercamiento previo al momento del disparo, y comparó las imágenes. Continuó hasta que la mano masculina arrancaba la venda negra y fijó la toma. Con una sensación nauseabunda de vacío en la boca del estómago, sacó el CD a los manotazos: la mujer que la Orden había utilizado para probar el condicionamiento de Dubois y la de la celda, eran la misma. ¡La reputa madre que los parió!
El carrusel del circuito cerrado había continuado con monotonía y la celda ya no estaba en pantalla. Furioso, buscó los archivos de grabaciones del "agujero". Minimizó la ventana asqueado de sí mismo y de todos los que lo rodeaban. ¿Qué le habían hecho? Deberías decir “qué le hicimos”, José. Apoyó la frente en ambas palmas. Necesitaba desesperadamente poner todos sus esfuerzos en rastrear a los traidores y esas imágenes lo habían golpeado bajo. Inspiró hasta marearse. Las prioridades son la vida de mi hijo, la seguridad del tatita y la permanencia de la Orden, trató de convencerse. Pero si ella está viva, entonces el condicionamiento de Dubois...Una mano gélida le rozó los testículos. El hombre había levantado el arma, la había mirado y encañonado. Parecía obvio que no había reconocido a su compañera en el operativo, que había estado a punto de disparar, y que si no lo había hecho era porque los de la Brigada Criminal habían llegado primero. Pero lo que parece obvio, a veces...
Llamaron a la puerta y él rezongó un “pase” entre dientes.
Rinaldi entró, cerró y quedó en posición de firmes. A una seña suya, le informó.
— Ya está despierta, señor.
— Llévela a la biblioteca.
Rinaldi sacudió la cabeza y se fue.
Antes de salir, volvió a mirar la pantalla: alli estaba ella, destrozando el espejo y aborreciéndolos a todos. Se quedó helado cuando le vio maquillarse la sonrisa de odio con la misma furia.

****

Casi no podía tenerse en pie bajo la ducha que le picoteaba los hombros y la cabeza con agujas calientes. Tuvo que apoyar ambas manos en los azulejos blancos para sostenerse. Los cuatro días de miserias humanas se deslizaron con el agua purificándole la piel pero no los sentidos. Una única idea pertinaz y monomaníaca ocupaba todos sus pensamientos: los voy a matar uno por uno. Salió de la ducha y se quedó de pie, desnudo y chorreando, tratando de recuperar el equilibrio alterado después de tanta inmovilidad forzosa, esposado a una cama mientras la sangre le quemaba de furor. Levantó la cabeza y descubrió en el espejo los ojos de alguien alienado. Un ruido persistente, rítimico y veloz le sonaba en algún lugar de la cabeza; le llevó sus buenos segundos comprender que era su propio pulso. Un hormigueo eléctrico desagradable le recorría los músculos y cuando se miró las manos, le temblaban.
No reconoció la voz que siseaba en el parlante y que lo sorprendió. Giró con brusquedad, mareándose.
— Dubois, la perra lo traicionó: acaba de negociar con Ortiz. Véalo usted mismo y decida.
En el techo apareció una proyección muda: el hombre moreno se alejaba de la cama revuelta y del cuerpo desnudo. Luego, ella poniéndose unos calzones de encaje negro delicadísimos, lo mismo que el corpiño que le calzaba a la perfección. Otro salto de la proyección: se estaba maquillando con una sonrisa felina.
— ¿Lo ve? Todos tenemos un precio y parece que encontraron el de ella. Se quedó solo, Dubois. Somos su única opción. Sea razonable, le estamos dando una oportunidad de oro.
El parlante cliqueteó, extinguiendo el ruido a estática. La furia le incendió las venas como un veneno. Voy a matarlos a todos. A todos.

****

El viejo conectó su propio circuito cerrado y sintonizó la celda de Dubois. Por fin nos veremos las caras pero quiero tener una avant-premiére en vivo. El hombre se bañaba como un autómata, quitándose del cuerpo los días de violencia corporal. Bah, es fuerte; está preparado para eso y mucho más. Quiero saber qué hay de lo otro.
Enfocó las cámaras con el zoom hasta encontrar lo que buscaba: los ojos. Los halló vacíos. No, así no nos sirve. No quiero un muñeco... Siguió como un sabueso tras la mirada perdida. No puede ser, está fingiendo, ¿no es cierto? No usted. No un Contardi. Se hace el muerto como el tigre, que yace listo para saltar a la garganta de los perros.
Se afanó buscando obsesionado la chispa que le dijera que estaba en lo cierto. Golpeó el suelo con el bastón, de pura impaciencia, hasta que descorazonado y a punto de apagar la pantalla vio la mirada torva, furiosa; el gesto familiarmente violento. Menos de un segundo, cierto, pero lo vio. Respiró un poco más tranquilo: no me equivoqué.

domingo, 4 de marzo de 2012

La mano derecha del diablo - CAPITULO 35

VIERNES POR LA NOCHE


¿Cuánto hace que estoy acá? ¿Cuánto tardarán en volver? Intentó cambiar de posición sin rasparse con las paredes revocadas groseramente. Las esposas le lastimaban las muñecas, la venda le ajustaba demasiado, la sed le desgarraba la garganta y la boca y le dolían las piernas y los brazos, pero frente al pánico que le enloquecía el pulso, todo se minimizaba.
Trató de razonar para no aterrorizarse más todavía.  ¿Acá adentro también hay cámaras? ¿Para qué? ¿Para que Marcel lo vea? ¿Qué me harán después? La sola idea del “después” le paralizó los músculos del tórax. No llores, estúpida; no les sigas el juego, y se tragó las lágrimas.
Habían entrado no sabía hacía cuánto y la habían empujado hasta un baño. La la vejiga le lanzaba punzadas dolorosas por todo el abdomen. Tuvo que orinar con la puerta abierta y mientras lo hacía, escuchó el ping de la cámara y las risas y obscenidades de los tipos.
— ¡Sin quitarse la venda!— ladraron. Casi no la dejaron acomodarse la ropa y la esposaron otra vez, para arrastrarla de regreso al agujero en la pared que le servía de calabozo.
Escuchó ruido a llaves y cerraduras que corrían y a través de la tela negra percibió luz. Alguien se agachó junto a ella: olía a sudor ácido y a tabaco negro. El calor del cuerpo del hombre era algo tangible que la hizo retroceder.

— Tu Dubois es un duro, ¿eh?— susurró frente a su boca y el aliento del tipo le insultó los sentidos —. Si yo fuera él, me dejaría de joder que para que no te pasara nada más.
Reconoció la voz del que la había llamado a la Brigada.
— Conmigo no hay duros: les rompo el culo a todos y el cretino no será la excepción— la lengua del tipo se le deslizó por el cuello y la oreja. El asco casi la hizo gritar. El tipo levantó la voz.— ¿Está mirando, Dubois? ¿Cuánto tiempo más resistirá sin quebrarse? ¿Quiere que le suplique a los gritos que la saque de aquí?— la levantó casi por el aire y la sostuvo contra el cuerpo transpirado— Está asustada y me calienta mucho cuando me tienen miedo.
La soltó tan bruscamente como la había levantado y cayó como una piedra. No tenía aire para moverse o gritar y se quedó inmóvil, esperando a que la bestia saliera y dejara de torturarla con su sola presencia.
El portazo la sumió en un averno de oscuridad.
****
De pie frente a los monitores, Lejeune se tragó la rabia junto con el humo del cigarrillo. El médico seguía perorando acerca de los peligros de una sobredosis.
— Es muy resistente, señor. Podría incluso sufrir un efecto paradojal y...
— ¡No me venga con esa mierda de medicuchos para justificar que el compuesto que está usando no sirve!
— Está al borde del colapso— el médico se envaró con una mueca de disgusto.
— ¡Y por qué no cede de una puta vez!— deletreó mordiendo el cigarrillo.
El médico dejó caer los brazos.
— No lo sé. Señor.
—Quizás no sea el método indicado. Señor— Schwartz, uno de los argentinos, intervino respetuosamente.
Uno que no se anda con vueltas, pensó Lejeune, evaluándolo con los ojos entrecerrados. Escuchémoslo.
— ¿Qué sugiere, mayor?
El hombre miró hacia la puerta del “agujero”.
—Probar con algo más... drástico a nivel físico y psicológico. Lo de la “limo” fue una muestra gratis pero hasta ahora, nos limitamos a amenazar con lo que haríamos con ella si él no colabora.
Empezó a entender y sonrió torcido.
— Hagámoslo. ¿No es eso, mayor?
—Es una cuestión de prioridades, señor. De acuerdo con las instrucciones que tenemos, él es el más necesario de los dos.
Evaluó la situación y decidió.
— Adelante.


CENTRO POMPIDOU, SÁBADO TEMPRANO POR LA MAÑANA


El empleado del estacionamiento dejó de protestar cuando Auguste le pagó la estadía completa. Según el registro, el auto había ingresado a las 08.55 del día anterior y no se había movido de allí durante las últimas veinticuatro horas. Las llaves estaban puestas: no se lo habían robado de milagro.
Del piso del vehículo recogió un pimpollo marchito de rosa negra. Revisó metódicamente el interior y al bajar el parasol, una tarjeta flotó como un pájaro blanco. El texto no significaba nada para él pero lo mismo se la metió en el bolsillo junto a la flor. Subió al auto y salió, deteniéndose en una callecita cercana a aclararse las ideas. Al rebuscar la tarjeta, se enterró una espina del pimpollo en el dedo y el dolor le fulguró en la cabeza. Gotitas de sangre salpicaron la consola, su camisa, el parabrisas y la tarjeta. Sacó la flor con cuidado mientras se llevaba el dedo a la boca y lo chupaba, mirando fascinado el reguero de perlitas rojas. Tan bella y tan cruel, pensó dándole vueltas a la rosa. Todo un símbolo ... ¿de qué? La tarjeta vino con la rosa... Algo parecido a una alarma comenzó a sonarle en la cabeza. 
¿Quién te necesita, Cisne, y para qué? ¿Qué ganarías a cambio de aceptar ese trato? ¿Por qué te arriesgarías? ¡Por Marcel, que no aparece! ¿Está escondido o lo esconden?
La certeza lo iluminó.
Te necesitan para obligarlo a algo que de otro modo él no haría. ¿Ayrault? No, trató de matarlo y ya lo habría hecho. Estos lo quieren vivo y colaborando. Entonces, les es muy valioso, hasta el punto de sacrificar a otros por él... ¿Quiénes podrían conocerlo tan bien?
 La respuesta lo aturdió.
"Ellos”, esos hijos de puta madre. Y tienen a mi Cisne otra vez.

SÁBADO POR LA TARDE
Ya no podía llevar la cuenta de las veces que habían entrado y la habían manoseado, pateado o escupido; le habían gritado "puta barata", "cana de mierda", "acá tu placa no vale un carajo y te la vamos a meter en el culo"; se habían acercado en silencio y habían hecho girar el tambor de un revólver en su oreja: “¿Jugamos ruleta rusa, comisario?“, y gatillado cinco veces en vacío. “¿Y ahora? ¿Aprieto el gatillo? ¿Ya te measte de miedo? ¡Se hace así, arrastrada!” y el hijo de puta le había orinado encima, y ella ya no podía tolerar el hedor que le provocaba arcadas. ¡No puedo más, Marcel, por favor!, suplicó mentalmente. ¡Por favor!, y las nauseas la doblaron en dos.
Escuchó voces ahogadas que daban y recibían órdenes. La puerta se entreabrió. Alguien se acercó y se bajó el cierre de la bragueta frente a ella; algo húmedo le rozó la cara y ella se encogió en un rincón con un grito mientras el tipo aullaba: “¡Dubois, vamos a jugar cara o ceca! ¡Cara, me la chupa, ceca, le hago el culo!”
El corazón se le desbocó cuando una mano de hierro la levantó por el pelo, la arrastró fuera, la obligó a arrodillarse y le desgarró lo que quedaba del vestido mientras los demás se reían salvajes.
Más pasos pesados. Alguien tropezó delante de ella y ella le percibió los olores rancios de sudor, sangre, orina y encierro. Todo ese sitio inmundo hedía con hedores de muerte y descomposición.
Nos van a matar.
No tenía dudas de que el otro era Marcel, que estaba tan acabado como ella y que los matarían a los dos.
¡Ni siquiera sé porqué lo hacen!
Un espasmo de llanto la convulsionó. El ruido metálico inconfundible de una pistola amartillada rasgó el aire viciado, y el frío del cañón en su sien la petrificó.
— Quedó hecha una piltrafa por tu culpa, cretino— masculló la voz de la ruleta rusa —. Da asco, no me la cogería ni para anotar otro tanto. Si le pego un tiro, le hago un favor. ¿O te interesa que siga con vida?
¿Marcel? Hubo un silencio horrible. Iba a suplicar pero no le dieron tiempo: la agarraron por los cabellos y cuando gritó, el cañón se le metió en la boca.
— ¿Eso es un “sí “? Se te acaba el tiempo, Dubois... Tres, ... dos... uno... fuera.